La era del dictador llega a su fin
Publicado en Jueves, 25 de agosto de 2011 às 9:46Desde el año 1969 el régimen de Moammar Gadafi, gobernó a Libia, una nación africana, luego de derrocar la monarquía que existía. Su historia como dictador no es distinta a la de la mayoría de los que sienten que gobernar les otorga el derecho de manipular y exterminar a quienes consideran sus opositores.
Por otro lado Gadafi y su régimen se había transformado también no solo en una amenaza interna, también para Africa y el mundo. Sus relaciones políticas no le aseguraban tampoco mucho éxito en la política internacional; salvo por algunos como el Presidente Chávez de Venezuela, que ha responsabilizado a occidente, puntualmente a Estados Unidos la caída de Gadafi.
Los últimos meses y días han sido claves para ese país, puesto que el ejército de rebeldes se ha encargado de tomar el control del país hasta desestabilizar el gobierno de Gadafi; de manera tal que una gran cantidad de naciones como Francia, Estados Unidos y los países Árabes ya han reconocido a este grupo como el gobierno de transición.
El líder del gobierno de transición, Mahmoud Jibril, busca apoyo internacional para conducir a su nación en un camino hacia la democracia segura, pero que saben no estará libre de dificultades.
Por su parte el hasta ahora derrotado Gadafi, ha declarado que se mantiene parapetado y decidido a recuperar su lugar o morir; ‘victoria o muerte’, señaló, aunque sabe que perdió el control del 90% del país, por lo tanto su derrota es evidente.
Ningún pensamiento humano y totalitario es capaz de satisfacer las necesidades reales de sus habitantes. La democracia es la más imperfecta necesidad del hombre; pero es el mejor modelo en el que las personas pueden establecer nexos y armonía para liderar un país. Por ello es el modelo que puede entregar mayor satisfacción a los gobiernos. Al parecer los regímenes totalitarios que aún quedan serán acallados por su propio devenir y la reacción de sus pueblos.
Así es también como la historia sagrada nos cuenta que un día Dios creó todas las cosas; un mundo perfecto y armonioso. En ese mundo el hombre era capaz de estar de acuerdo y convivir satisfactoriamente, sin temor a los peligros tanto de poder como de confrontación que tenemos ahora. Esa armonía era la misma que existía en el cielo, antes que el tirano se diera a conocer.
A partir de ese inicio comenzó el tirano a someter, primero la determinación y conciencia de seres santos como son los ángeles, conduciendo a una guerra en el cielo, que trajo como consecuencia su expulsión junto con los ahora demonios (Apocalipsis 12:7,8). Una estrategia similar utilizó en la tierra cuando trajo consigo el pecado. El hombre ahora fue expulsado del Edén (Génesis 3:24), a partir de allí, nuestra historia ha sido de desgracias y calamidades, de confrontaciones y muerte. Todo esto ha traído dolor, pena, separación, muerte, angustia y una cantidad de cosas que no permiten al ser humano ser feliz totalmente.
Así es como la armonía que en un principio era una característica natural, fue cambiada por la confusión, el dolor y la desesperanza. La Palabra de Dios señala que el día en que el hombre aceptó el pecado; ese día se confirmó una sentencia de muerte y desastre (Génesis 2:17). Desde ese entonces, nuestro planeta clama por un cambio (Romanos 8:22), por una liberación a la que fue sometido arbitrariamente, esclavizados por Satanás, el tirano.
Cuando el pecado entró a este mundo, Dios entregó el secreto de la esperanza, un niño nacería y sería capaz de dar un golpe mortal en la cabeza a la serpiente (Génesis 3:15), entonces nuestra esperanza tendría un fundamento sin límite. Ese golpe lo dio Jesús cuando murió en la cruz, recibiendo el castigo que la humanidad merecía. Gracias a ello es que hoy tenemos esperanza; el tirano está condenado, le queda poco tiempo, para que por fin podamos gritar libertad.
La esperanza radica en Cristo y su obra de redención; la esperanza proviene no del hombre, no de sus intenciones, no de sus acciones. La esperanza proviene desde arriba, de parte de Jesús, nuestro Salvador.
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