Un niño hiperactivo es un motor en movimiento
Publicado en: Actualidad
Los niños inquietos y con trastornos de atención pueden controlar su condición con tratamientos médicos y educación especializada.
Felipe está recostado contra una columna con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Solo observa a los niños que a su alrededor juegan con la confianza que les da el verse diariamente. Corren de un lado al otro, se tiran de la camisa, se botan al suelo, se ríen, pero él sigue inmóvil.
Es su tercer día en el colegio. Del anterior lo expulsaron por intentar encender una fogata. Era el niño problema, al que nadie podía, ni quería controlar. Al preguntarle a Felipe por sus profesores, responde con la seriedad de un adulto: “No sé cómo explicarle, eran… ¿fastidiosos?”.
Una condición diferente
El diagnóstico de Felipe es Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), “una condición neurobiológica heredada”, explica la sicóloga especialista en el trastorno María Teresa Posada.
“Es una alteración de comportamiento, y se caracteriza por tres síntomas: inatención, impulsividad e hiperactividad. Tiene su origen en una inmadurez cerebral”, dice Martha Lucía Miranda, neurosicóloga y neurosicopedagoga.
En términos más sencillos, son niños que no tienen control sobre algunas de sus acciones. Las especialistas dirían que no poseen “freno inhibitorio”. Por ejemplo, se queman al poner los dedos en una llama encendida, pero, a pesar del dolor, lo hacen dos o tres veces más.
Un colegio especializado
Las múltiples características del trastorno generan padres desesperados que pierden el control sobre sus hijos. Según Posada, este sentimiento los lleva a decirles frases como: “tú eres el malo”, “contigo siempre es la pesadilla”, “esto es lo peor que me pasó”, “yo qué hice para merecer esto, qué pecado cometí”.
Esa carga de información les genera autoestima baja y terminan por asumir conductas inadecuadas que refuerzan esa idea negativa que se tiene sobre ellos y terminan como Felipe, expulsados de sus colegios.
María Teresa Posada es rectora del Gimnasio La Cúspide, con 80 estudiantes, organizados en cursos pequeños. La mayoría sufre el trastorno. Allí, el método de enseñanza no es el de clases magistrales, porque los canales de aprendizaje van más allá del auditivo. Por eso, emplean el visual y el kinésico, es decir, el de contacto. “Ellos exploran, son los amigos de la tecnología, todo lo aprenden muy rápido porque lo están tocando”, dice Posada.
En clase les respetan su deseo de levantarse y salir del salón, pero con un tiempo determinado para regresar, porque los docentes saben que son pequeños a los que no les es sencillo prestar atención, mientras permanecen inmóviles en un mismo lugar. Los niños, según María Teresa, cambian su comportamiento cuando reciben el tratamiento adecuado.
Certeza en el diagnóstico
Algunos niños presentan uno o más de los síntomas del trastorno, sin sufrirlo. Los especialistas aseguran que pueden ser causados por cambios que enfrenta el pequeño, como la llegada de un hermano o un nuevo colegio.
Uno de los primeros factores de diagnóstico que se tienen en cuenta, al momento de realizar un diagnóstico definitivo, es que los síntomas se presenten por más de seis meses de forma interrumpida y en todos los espacios de convivencia del menor. Es decir, en el colegio, en la casa, con sus amigos o con sus padres. El análisis lo hace un grupo interdisciplinario de especialistas en el que pueden incluirse neurólogo, siquiatra, sicólogo y pedagogo, a través de una observación constante de la conducta del niño.
Aunque no existen causas claras por las que aparece el trastorno, muchos estudios lo han asociado a herencia, problemas en el crecimiento intrauterino, consumo de alcohol y cigarrillo durante el embarazo.
Cuando al niño se le diagnostica la enfermedad, los especialistas direccionan un tratamiento, que llevado con rigor, comprensión y tolerancia, les permite vivir en un ambiente sin contratiempos.
Por el contrario, si no es tratado oportunamente, el trastorno puede perdurar hasta la adultez y generar, por ejemplo, conflictos laborales, familiares y de pareja, ya que les cuesta acatar órdenes, y no aceptan perder, entre otras consecuencias.
Los indicadores de hiperactividad según la edad del niño
- De 0 a 2 años. Descargas clónicas durante el sueño, problemas en el ritmo del sueño y durante la comida, períodos cortos de sueño y despertar sobresaltado, resistencia a los cuidados habituales, reactividad elevada a los estímulos auditivos e irritabilidad.
- De 2 a 3 años. Inmadurez en el lenguaje expresivo, actividad motora excesiva, escasa conciencia de peligro y propensión a sufrir numerosos accidentes.
- De 4 a 5 años. Problemas de adaptación social, desobediencia y dificultades en el seguimiento de normas.
- A partir de 6 años. Impulsividad, déficit de atención, fracaso escolar, comportamientos antisociales y problemas de adaptación social.
Causas de la hiperactividad infantil
La hiperactividad infantil es bastante frecuente. Se calcula que afecta aproximadamente a un 3 por ciento de los niños menores de siete años y es más común en niños que en niñas (se da en 4 niños por cada niña). En el año 1914, el doctor Tredgold argumentó que las causas se deben a una disfunción cerebral mínima, una encefalitis letárgica en la cual queda afectada el área del comportamiento, de ahí la consecuente hipercinesia compensatoria; explosividad en la actividad voluntaria, impulsividad orgánica e incapacidad de estarse quietos. Posteriormente, en 1937, C. Bradley descubre los efectos terapéuticos de las anfetaminas en los niños hiperactivos. Basándose en la teoría anterior, les administraba medicaciones estimulantes del cerebro (como la benzedrina), observándose una notable mejoría de los síntomas.
Síntomas en un niño hiperactivo.
Los síntomas pueden ser clasificados según el déficit de atención, hiperactividad e impulsividad:
- Dificultad para resistir a la distracción.
- Dificultad para mantener la atención en una tarea larga.
- Dificultad para atender selectivamente.
- Dificultad para explorar estímulos complejos de una manera ordenada.
- Actividad motora excesiva o inapropiada.
- Dificultad para acabar tareas ya empezadas.
- Dificultad para mantenerse sentados y/o quietos en una silla.
- Presencia de conductas disruptivas (con carácter destructivo).
- Incapacidad para inhibir conductas: dicen siempre lo que piensan, no se reprimen.
- Incapacidad para aplazar las cosas gratificantes: no pueden dejar de hacer las cosas que les gusta en primer lugar y aplazan todo lo que pueden los deberes y obligaciones. Siempre acaban haciendo primero aquello que quieren.
- Impulsividad cognitiva: precipitación, incluso a nivel de pensamiento. En los juegos es fácil ganarles por este motivo, pues no piensan las cosas dos veces antes de actuar, no prevén, e incluso contestan a las preguntas antes de que se formulen.
Tratamiento de la hiperactividad
El tratamiento depende de cada caso individual.
El tratamiento farmacológico más utilizado son los estimulantes, que sirven para ayudar a que el niño pueda concentrarse mejor, y los sedantes en el caso de que el niño muestre rasgos psicóticos.
El tratamiento psicoterapéutico está destinado a mejorar el ambiente familiar y escolar, favoreciendo una mejor integración del niño a la vez, que se le aplican técnicas de modificación de conducta.
El tratamiento cognitivo se basa en el planteamiento de la realización de tareas, donde el niño aprende a planificar sus actos y mejora su lenguaje interno. A partir de los 7 años, el lenguaje interno asume un papel de autorregulación, que estos niños no tienen tan desarrollado. Para la realización de cualquier tarea se le enseña a valorar primero todas las posibilidades de la misma, a concentrarse y a comprobar los resultados parciales y globales una vez finalizada.
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