Hacer labores domésticas educa para toda la vida, revela estudio
Publicado en: Actualidad
Si los niños lavan la losa, tienden la cama o cocinan, dirigidos por sus padres, aprenden valores significativos que pueden aplicar en el colegio, el trabajo, con sus amigos y en diferentes espacios.
Cuando los padres comparten los oficios del hogar con sus hijos, no solo les están ayudando a adquirir sus primeras nociones de orden, limpieza, responsabilidad, constancia y disciplina, sino que les permiten adquirir valores que pueden aplicar en el transcurso de su vida. Así lo demostró un estudio de la Universidad de La Sabana.
La investigación, elaborada por Rocío González, docente de la Facultad de Psicología, concluye que los niños aprenden a desarrollar habilidades como tomar decisiones, resolver problemas y fortalecer la concentración. Esto no significa que deban dedicarse a hacer oficio y que se vuelvan como los ‘cenicientos’ o el reemplazo de la muchacha del servicio. Según González, se trata de promover su participación en el mantenimiento del hogar, su limpieza, su cuidado y su organización, siempre de manera dirigida y estableciendo límites. “En la medida en que un menor aprende a lavar la losa, a tender una cama, a cocinar o a barrer está adquiriendo valores muy importantes”, dice la docente.
Y no tienen que ser labores extenuantes ni excesivas para su edad. De acuerdo con Vilma Rengifo, psicóloga clínica de la Universidad Javeriana, a los niños pequeños basta con acostumbrarlos a mantener en la habitación un canasto, caja o recipiente en donde depositen los juguetes luego de terminar de jugar. “El grado de ayuda debe ser relativo a las actividades que el niño realiza”, añade Rengifo. Para llegar a las conclusiones presentadas en su maestría de Psicología con énfasis en Investigación, la profesora González contactó, durante dos años, a 180 madres de familia de Bogotá. Noventa de ellas pertenecen al estrato 2, y las otras al estrato 5; 45 con hijos (hombres) y 45 con hijas (mujeres). Los menores están distribuidos en tres rangos de edad: de 4 a 6, de 7 a 9 y de 10 a 12 años.
Así determinó que cuando los niños se involucran en estas tareas interactúan con sus padres, hermanos y otros miembros de la familia, lo cual les permite reconocer su lugar dentro de esa familia.
“Igualmente, aprenden costumbres y creencias. Para algunas familias es importante comer juntos porque genera unión y aumenta el afecto entre los miembros”, dice. Y agrega que este aprendizaje de naturaleza informal que se origina en la vida cotidiana abre el camino a que los pequeños adquieran valores y hábitos para la vida escolar y laboral futura. “Son aprendizajes útiles para toda la vida”, puntualizó la investigadora.
Una madre que apoya la noción
Blanca Cecilia Vargas es una madre pensionada que educó a sus hijos, ahora de 24 y 26 años, bajo un esquema de autodisciplina en el hogar. “Cuando tenían 5 años cada uno debía tender la cama así no lo hiciera bien, pues la idea era darles esa responsabilidad. También les inculcábamos el trabajo en equipo. Por eso después del almuerzo entre todos lavábamos la losa”, dice. Las enseñanzas iban acompañadas del ejemplo constante que ella y su esposo daban a sus hijos.”No se trataba de mandarlos sino de que vieran a todos los miembros de la familia colaborar por igual”, añade. Además, las tareas que desarrollaban eran guiadas. “Ellos me ayudaban a cocinar y yo les explicaba cómo pelar la cebolla o las papas”, recuerda. De igual manera debían ser responsables con sus cosas. “Todos los días cuando llegaban del colegio se quitaban el uniforme y lo colgaban. Nadie lo hacía por ellos”, afirma. Ahora que los dos son adultos, son organizados, recursivos, respetuosos hacia el bien común y saben administrar su vida de una manera óptima.
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