Babilonia, ayer y hoy


Babilonia, ayer y hoy

por Fernando Canale

   babilonia-es-la-iglesia-cristiana-traidora-1
 

¿Qué relación guarda el mensaje profético sobre Babilonia con mi experiencia cristiana y destino eterno?

Al principio del siglo XXI la mayoría de los cristianos probablemente asocia el significado de la palabra “Babilonia” con el título de alguna película, novela o juegos de computadora. Tal vez sólo una minoría asocia “Babilonia” con una de las más destacadas ciudades de la antigüedad y con las profecías del Apocalipsis. La situación es clara: los cristianos no están familiarizados con el mensaje profético acerca de Babilonia. La pregunta surge: ¿qué relación tiene el mensaje profético sobre Babilonia con mi experiencia cristiana y destino eterno?

Babilonia, la ciudad legendaria

Babilonia, la madre de todas las ciudades del mundo, yace en ruinas a orillas del río Éufrates, unos ochenta kilómetros al sur de Bagdad.1 Aunque no tenemos documentación histórica acerca de sus comienzos, la Biblia nos dice que el poderoso cazador Nimrod, bisnieto de Noé (Génesis 10:9-10), fundó Babilonia.2 Después del diluvio, Dios pidió a Noé y a su familia que se esparcieran sobre la faz de la tierra (Génesis 9:1,7). Desoyendo el mandato divino, los descendientes de Noé decidieron no separarse (Génesis 11:4), edificar una ciudad (Babilonia), y construir una torre cuya cúspide llegara “hasta al cielo”. Sin embargo, Dios no permitió que la rebelión postdiluviana se extendiera. Reconociendo que mientras hablaran el mismo idioma (Génesis 11:6) nada impediría a los rebeldes alcanzar lo que se habían propuesto, Dios decidió confundir el lenguaje único que todos compartían (Génesis 11:7). Como podemos ver, la madre de todas las ciudades surge en oposición a la voluntad divina.

La palabra “Babilonia” parece derivar del acadio o sumerio babili(m), cuyo significado es “la puerta de los dioses”. En la Biblia, “Babilonia” es la transliteración griega de la palabra aramea y hebrea Babel, posiblemente derivada de Balal, que significa “confundir”; una referencia obvia a la intervención de Dios al confundir el lenguaje de los descendientes de Noé (Génesis 11:9).3

Como resultado de la intervención divina, Babilonia comenzó como un pequeño grupo, que en tiempo de los acadios (c. 2350 a.C.) todavía era una pequeña aldea. Hammurabi (1792-1750 a.C.), famoso por su código de leyes, extendió considerablemente la influencia de Babilonia. Un milenio más tarde, con las conquistas y administración de Nabuconodosor II (605-563 a.C.), Babilonia se convirtió en un imperio extenso y poderoso.

Babilonia y el pueblo de Dios

El Dios de la Biblia es el creador (Génesis 1-2; S. Juan 1:1-3) y redentor del universo (Colosenses 1:20). Después del diluvio y la fundación de Babilonia (Génesis 9, 11), Dios escogió a Abraham e hizo un pacto con él (Génesis 15) para crear, a través de su descendencia, un pueblo que en vez de rechazarlo fuera fiel a su voluntad (Génesis 12:1-4). Más de un milenio después, Jerusalén pasó a ser la capital del pueblo de Dios cuando David la tomó de manos de los jebuseos (Josué 15:63; véase Jueces 19:11, 12). Babilonia, la ciudad rebelde, finalmente encontraba su contraparte en Jerusalén, la ciudad de Dios.

Cuando Moisés reafirmó públicamente el pacto del Sinaí, explicó que si Israel decidía rebelarse contra la voluntad de Dios en el futuro, el Altísimo retiraría sus bendiciones, desatando una serie de calamidades sobre el pueblo. La última calamidad sería la cautividad. Es decir, si los miembros del pueblo elegido de Dios persistían en rebelarse contra Dios, dejarían de ser pueblo y pasarían a ser esclavos de un poder enemigo (Deuteronomio 28:36).

Desafortunadamente, después de los reinados de David y Salomón el pueblo de Dios se dividió en dos reinos. El reino de Israel, en el norte, con la capital en Samaria, y el reino de Judá en el sur, con la capital en Jerusalén. Ambos reinos desoyeron las repetidas llamadas que Dios les hizo al arrepentimiento por medio de sus profetas.

En su amor eterno, Dios advirtió que al desobedecer y rechazar sus llamados al arrepentimiento, Israel estaba rechazando la protección divina, y que al retirarse, dejaría el camino abierto para que Judá cayera cautiva bajo el poderío de Nabucodonosor, rey de Babilonia. Ciento cuarenta años antes de la caída de Jerusalén (586 a.C.), Dios advirtió al rey Ezequías por medio del profeta Isaías que todo lo que había en su casa sería llevado a Babilonia (2 Reyes 20:17-18). Un siglo más tarde, Dios dijo al profeta Jeremías que iba a entregar a Judá “en manos del rey de Babilonia”, Nabucodonosor (Jeremías 20:4; 25:11). El castigo divino, sin embargo, vino acompañado con promesas: La cautividad en Babilonia duraría 70 años (Jeremías 25:11), el pueblo sería restaurado (Jeremías 33:1-26), y Babilonia sería destruida para siempre (Isaías 13:1-14:23; Jeremías 50:1-51:64).

La destrucción de Babilonia, la madre de todas las ciudades, fue un largo proceso que comenzó cuando Ciro el Grande tomó la ciudad en el año 539 a.C., y terminó cuando Seleuco I Nicanor usó materiales de los edificios de Babilonia para construir la ciudad de Seleucia (312 a.C.). Desde entonces la ciudad de Babilonia yace en ruinas.4

Babilonia hoy

Las predicciones proféticas del Apocalipsis, el último libro de la Biblia, hablan acerca de Babilonia como la “gran ciudad” enemiga del pueblo de Dios (14:8; 16:19; 18:2, 10, 21) ¿Cómo debemos entender estas referencias si Babilonia ya no existe? ¿Está el Apocalipsis hablando de una ciudad literal que se levantará en el futuro? ¿Son las referencias a Babilonia en el Apocalipsis tipos simbólicos?

“Tipos simbólicos” son realidades históricas conocidas (Babilonia del pasado) que los autores bíblicos usan para hablar de realidades históricas desconocidas (Babilonia de la profecía). La realidad desconocida tiene aspectos idénticos a la conocida, pero incluye también elementos nuevos.

Ya en el Antiguo Testamento Isaías usó a Babilonia y a su rey como tipos simbólicos para hablar del origen del mal en el corazón de Satanás (Isaías 14:12-15). De esa manera la Biblia sugiere que Satanás actúa por medio de la ciudad rebelde a la voluntad de Dios.

Después de su resurrección, sentado a la diestra de Dios, Cristo reveló a grandes rasgos lo que ocurriría antes de su segunda venida (Apocalipsis 1:1). Aunque la antigua Babilonia ya no existiría, los ataques de Satanás contra el pueblo de Dios continuarían (1 Pedro 5:1; Efesios 6:10-12). En este contexto, las referencias a Babilonia en el Apocalipsis sugieren que durante la era cristiana, Satanás continuaría operando contra los designios de Dios, usando el mismo tipo de rebelión organizada que comenzó con la fundación de Babilonia después del diluvio universal.

En el Apocalipsis, Juan describe a Babilonia la Grande (Apocalipsis 18:2, 18, 21) como una ciudad (Apocalipsis 18:10) y como una prostituta (Apocalipsis 17:5-7, 9, 15). Como ciudad, la nueva Babilonia es una realidad política, como lo fuera el Imperio Babilónico antes de Cristo; como prostituta, es una realidad religiosa apóstata.

Para entender la descripción de Babilonia como prostituta, debemos recordar que los escritores bíblicos frecuentemente se refieren a la iglesia cristiana como a una mujer pura (Génesis 3:15), más específicamente como la esposa de Cristo (Efesios 5:25-32). Además, debemos tener en mente que Pablo advirtió a los creyentes acerca de la existencia del cristianismo apóstata, que sería destruido antes de la segunda venida de Cristo (2 Tesalonicenses 2:3-8; 2 Timoteo 4:3-4). En síntesis, el Nuevo Testamento habla por un lado a la Iglesia, la esposa pura de Cristo, que al fin de los tiempos llega a ser la ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:9-10); por el otro, habla de la existencia de un cristianismo apóstata organizado, la nueva Babilonia, que se opone a Cristo y a su Iglesia (Apocalipsis 14:8).

En nuestros días, los cristianos no hablan de “cristianismo apóstata”, porque sería políticamente incorrecto. Además, después de más de un siglo de diálogos ecuménicos, las grandes organizaciones religiosas de la cristiandad han remplazado la noción de “apostasía” por la noción de “diferencias teológicas”. Decir que en el cristianismo hay “apostasía” tiende a separar las diferentes denominaciones cristianas. Decir que en el cristianismo hay “diferencias teológicas” tiende a favorecer la unión entre denominaciones cristianas, porque se supone que las diferencias teológicas no afectan la experiencia cristiana. Por otro lado, es cierto que todas las denominaciones cristianas honestamente tratan de representar a Cristo.

¿De que forma, entonces, podemos hablar de cristianismo apóstata? No hay duda que el cristianismo apóstata no se originó de la noche a la mañana ni como resultado de una conspiración abierta. Poco después de la muerte de los apóstoles, los cristianos comenzaron a defenderse de sus críticos mediante el uso de fuentes filosóficas, y siguieron tradiciones que poco a poco fueron orientando la interpretación de la Biblia. Sin dejar de usar o venerar la Biblia, el cristianismo comenzó a ignorar muchos pasajes bíblicos, cambiar el significado de otros y a añadir enseñanzas basadas en las tradiciones y culturas humanas.

Pocos recuerdan que la Biblia termina advirtiendo que los que añaden o quitan de las palabras escritas en la Biblia recibirán los castigos de Dios y no entrarán en la ciudad celestial, la nueva Jerusalén (Apocalipsis 22:18-20).

Al rechazar a la Biblia como la única fuente de revelación doctrinal, el cristianismo inconscientemente se rebela contra el Cristo que pretende representar. El resultado de mezclar la palabra revelada de Cristo en la Biblia con las palabras de los hombres es la confusión y apostasía doctrinal características de la nueva Babilonia. Finalmente, debemos recordar que Babilonia se convierte en la “habitación de demonios” y “refugio de todo espíritu inmundo” (Apocalipsis 18:2). Esto significa que por medio del ecumenismo globalizador, Babilonia la Grande incluye no solamente al cristianismo apóstata sino también a toda expresión religiosa no cristiana.

Conclusión

Al comienzo del siglo XXI, la mayoría de los cristianos y no cristianos viven bajo el dominio espiritual de la nueva Babilonia de la cual Cristo nos habla en el Apocalipsis. Las buenas nuevas son que Dios ha hecho provisión para que esta situación no sea permanente.

Dios no abandonó a su pueblo en el cautiverio babilónico del Antiguo Testamento, ni lo abandonará nunca. Por eso, él nos llama a salir de Babilonia (Apocalipsis 14:8; 18:4-5). Pero, muchos se preguntarán, ¿cómo podemos salir de Babilonia si ella incluye al cristianismo tradicional y al movimiento ecuménico? Para salir de Babilonia debemos desconfiar de las tradiciones religiosas que hemos recibido y confiar en la Biblia, el instrumento divino para hacernos sabios para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús (2 Timoteo 3:15).

Todos podemos conseguir un ejemplar de la Biblia, y con oración leerla cuidadosamente para comparar sus enseñanzas con las enseñanzas que hemos recibido de las tradiciones cristianas y religiones no cristianas a las cuales pertenecemos. Con seguridad, el Espíritu Santo que Cristo envió a la Iglesia en el día del Pentecostés nos guiará a toda verdad (S. Juan 16:13), y la luz de la verdad de Cristo nos liberará de la confusión y cautividad espirituales.

Cristo ha prometido que antes de venir por segunda vez (Apocalipsis 19:11-21) y crear “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apocalipsis 21:1), va a destruir a Babilonia y sus habitantes (Apocalipsis 18:4, 8, 21; 19:3). Babilonia y la nueva Jerusalén no pueden coexistir. Por lo tanto, ningún ser humano puede ignorar el llamado divino a salir de Babilonia sin poner en riesgo su destino eterno ¿Responderá usted hoy a la invitación que Cristo le hace de salir de Babilonia? ¿Se animará a comparar sus creencias más profundas con las enseñanzas de Cristo en las Escrituras?

1J. Douglas, New Bible Dictionary (Wheaton, IL: Tyndale House, 1982), 111; 2da edición electrónica publicada por Logos Research Systems, 1996). 2Todas las referencias bíblicas están tomadas de la versión Reina Valera Actualizada (1989). 3R. L. Harris, Theological Wordbook of the Old Testament (Chicago: Moody Press, 1999). 4S. H. Horn, Diccionario bíblico adventista del séptimo día (Buenos Aires, Argentina: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1995).

El autor tiene un doctorado en Teología, y funge como profesor de Teología en el Seminario Teologío Adventista de Andrews, en Berrien Springs, Michgan.

 

Comparte:


Comenta