¿Ciencia y religión combinan?

(Foto: Shutterstock)

El famoso químico ateo Peter Atkins, ex profesor de Oxford, declaró cierta vez que “ciencia y religión son dos cosas casi completamente incompatibles”. Otros más radicales dirían “completamente incompatibles”. ¿Será? ¿A quién deberíamos dar más crédito: al predicador en el púlpito o al científico en el laboratorio?

Existen tres maneras de resolver la cuestión:

  1. Asumir que las dos jamás se concilian, pues la ciencia está basada en hechos y evidencias, mientras la religión está basada en la fe y en la ignorancia.
  2. Asumir que ellas se concilian desde que cada una esté en su área sin entrar una en el área de la otra.
  3. Asumir que la verdadera religión nunca estará en conflicto con la verdadera ciencia, por el contrario, ambas se complementarán.

Antes de optar por una de estas respuestas alternativas, es bueno que usted sepa que la idea de un conflicto entre ciencia y religión es una invención relativamente reciente. Desde que la humanidad inventó la escritura, ya pasaron aproximadamente más de cinco mil años de historia. En todo ese período, la mayoría absoluta de los estudiosos de la naturaleza estaba en paz con Dios y no veía problemas en observar en la naturaleza la acción de una divinidad.

Mismo cuando nació la llamada ciencia moderna en el siglo XVI, todavía andaba de la mano con el Creador. Fue solamente a partir de 1860 que pequeños grupos de científicos, liderados por Thomas H. Huxley, se organizaron con el propósito de terminar con el dominio cultural de cristianismo, especialmente en Inglaterra.

¿Quiere un ejemplo? Escuchó contar como Cristóbal Colón tuvo que convencer a los monarcas españoles de que él no caería en un abismo si navegaba continuamente hacia el horizonte: Esto siempre sonó como una buena historia, pero hoy los historiadores reconocen que eso es un mito. Tal cosa nunca sucedió.

Y quien creó o por lo menos popularizó esa fantasía fueron justamente dos autores, John Draper y Andrew White, cuyo propósito era desacreditar la religión en las personas. Ellos afirmaban que los científicos decían que la tierra era redonda, mientras teólogos enseñaban que era cuadrada. White, dígase de paso, fundó la universidad de Cornell, una de las primeras instituciones seculares de enseñanza de América.

Leyes de la naturaleza

Milenios antes de toda esa polémica de ciencias versus religión, hombres religiosos ya investigaban la naturaleza de un modo científico. Sacerdotes egipcios, chinos y babilonios desarrollaron extremamente la matemática y la astronomía. Claro que ellos no utilizaban el método científico, que sería sistematizado solo en la modernidad. Sin embargo, nadie puede negar el avance que hicieron en descubrir importantes leyes de la naturaleza. Además, el propio método científico se debió al trabajo pionero de religiosos islámicos y posteriormente cristianos. La historia lo confirma.

La que llamamos ciencia moderna surgió con la revolución intelectual ocurrida en Europa, a partir del siglo XVI, y que cambió los modos de comprensión del mundo occidental. Las raíces de esa revolución, claro, remiten a acontecimientos importantes que marcaron la transición de la Edad Medida a la Modernidad, especialmente el Renacimiento, que tenía como principal concepto el racionalismo. Esa nueva manera de ver el mundo se tornó un desafío no necesariamente para la fe, sino para una forma tergiversada de religión de la época que cambiaba hasta las enseñanzas de la Biblia por explicaciones dogmáticas de líderes de la Iglesia. Tanto los clérigos, como la nobleza, se valían de tradiciones humanas y creencias que no tenían sentido lógico. Dejaban de lado los principios bíblicos. El resultado fue un período de profundas tinieblas morales, espirituales y culturales para toda Europa.

Existe hoy una tendencia de cuestionar el negativismo en relación a los tiempos medievales. En 1908, el científico y filósofo Pierre Duhem escribió un tratado sobre la historia de la teoría física desde Platón hasta Copérnico. En la obra, Duhem muestra que, en todos los tiempos, aun en la Edad Media, hubo hombres que trabajaron directamente con la ciencia.

Es verdad, como también es verdad que siempre hubo personas sinceras que predicaban la Biblia, aun con el peligro de morir por estar contrariando las leyes de la iglesia que prohibían el contacto directo con la Palabra de Dios.

Por lo tanto, el que hubo allí no fue un conflicto entre la fe y la razón, sino la disputa de dos grupos religiosos: uno mayoritario que practicaba abusos en nombre de Dios y otro minoritario que defendía el derecho racional del ser humano. La inspiración del primero eran los dogmas, y del segundo, la santa Biblia. Fue exactamente de ese segundo grupo que surgieron los pioneros de la ciencia moderna.

Los padres de la ciencia despertaron su intelecto porque al mirar a la naturaleza entendieron que habría otro modo de explicar la realidad, distinto del dogma. Pero ninguno de ellos dejó de creer en un Creador del Universo.  Vivieron y murieron como verdaderos hombres de fe.

Además, fue gracias a la Biblia y a los escritos de Aristóteles que esos hombres comenzaron a lanzar los fundamentos de la ciencia moderna. Su desafío, repetimos, no era contra las Sagradas Escrituras  sino contra las distorsiones del mensaje que presentaban.

Ellos sabían que la Biblia no era un libro de ciencias en el sentido moderno de la palabra. Sin embargo no escondieron su convicción de que sería la legítima Palabra de Dios.

El hecho es que hay religiosos que odian la ciencia y científicos que odian la religión. Pero ese no parece ser el mejor camino. Al final, ¡existen muchos religiosos que también son científicos!

Tanto la religión como la ciencia son intentos humanos de encontrar respuestas acerca de la propia existencia. Y Dios da esas respuestas, en primer lugar por la Biblia, pero también a través de la naturaleza. No todas las respuestas, pues siempre habrá de ambos lados espacio para dudas, misterios y nuevos descubrimientos.

Sin la orientación del Espíritu de Dios, el estudio de la Biblia se vuelve herejía y el estudio de la naturaleza se vuelve ateísmo. Pero bajo la iluminación divina, ambos estudios se concilian. La diferencia está solo en el lenguaje con que la ciencia y la religión se expresan. La idea es la misma, solo la manera de expresarse que no será exactamente igual.

Fuente: http://noticias.adventistas.org/es/columna/


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